hace unos meses me invitaron a participar en un seminario de profesores de filosofía, luego de pensar en el tema, y empujado por algunos desafortunados sucesos, pensé, en vez de abordar un tema filosófico, escribir lo que para mí es la filosofía. creo que mis colegas podrían compartir grosso modo la idea.
EL COMPROMISO DE LA FILOSOFÍA
¿Para qué la filosofía?, significa, en último término, cuál es su puesto en la vida.
Esta no es cuestión asentada de una vez por todas.
Vida y teoría han sido concebidas como términos opuestos.
Pero la vida no se opone a la teoría ni la teoría a la vida.
Rosario Grimaldi
A mis colegas. Alejandro Vázquez Zúñiga
Hace poco, en una clase en donde discutía con mis alumnos el sentido de los códigos éticos, uno de ellos hizo de pronto una pregunta inesperada: ¿tienen los filósofos un código ético? Lo ignoro, le dije, pero espero que no. ¿Por qué? Preguntó alguien, y centramos la discusión en la idea de que, finalmente, un código ético (en el sentido institucional) es una prescripción de carácter normativo, una prescripción externa de la que podríamos prescindir si nuestra reflexión ética fuera lo suficientemente contundente, como para resultar universalmente aplicable en cada circunstancia.
Es decir, un hombre, cualquiera, que tuviese una reflexión ética profunda y fuese coherente con tal reflexión, podría autorregular su comportamiento, independientemente del papel que ejerza, pues incluso hay hombres que ejercen más de un oficio simultáneamente, o porque los roles que jugamos nos urgen en cada caso a replantearnos nuestra manera de actuar. Depender de un código ético que regule nuestro comportamiento, es, en último caso, buscar fundamentos externos de cómo se supone que debemos comportarnos, un acto moral, solamente depurado por la reflexión ética de otros. El verdadero compromiso ético, concluíamos, es aquél que permite a un hombre crear sus propias reglas, incluso entendido esto como apropiarse las existentes, pero de manera conciente, crítica, reflexiva y voluntaria.
¿Por qué no un código ético para filósofos? Porque se esperaría, justamente, que quienes vivimos inmersos en la filosofía tuviésemos las herramientas intelectivas para guiar nuestras actividades con todos los deseabilísimos rasgos antes mencionados. Pero, ¿es así?
Ciertamente este trabajo no está enfocado exclusivamente a la ética, pero valga esta introducción para situarnos en el campo a tratar.
¿Cuáles son las características que un filósofo debe de tener?
La primera de ellas es categórica. Debe ser un hombre que trabaje primordialmente con su razón. Los sentimientos, las motivaciones, si son legítimas, son respetables, pero todo filósofo, que se precie de serlo debe ser, ante todo, racional. La historia nos muestra que, quienes han dedicado su vida a otras pasiones como la música, la escritura, la elaboración de pasteles o la confección de vestidos han sido llamados, en todas las épocas, de maneras distintas a lo que se considera un filósofo. Esto no exime, por supuesto, a los músicos, poetas, pasteleros o costureros de tener rasgos filosóficos o, más aún, una actitud filosófica ante la vida. Pero para ser filósofo es requisito indispensable que la razón sea la que guíe sus acciones.
Otra característica, de la que dudo sea necesario dar mayores explicaciones es la coherencia. La razón debe ser coherente con sus principios. Así como los argumentos deben estar relacionados necesariamente los unos con los otros, y cualquier contradicción interna pone en duda la argumentación entera, de la misma manera un filósofo que asume tales principios debe procurar que sus acciones estén relacionadas con sus pensamientos, entendiendo que de éstos se desprenden aquellas.
Un filósofo debe tener un interés genuino por el conocimiento, y debe ser este interés del que se desprendan sus acciones. Este interés se refleja en la pregunta por excelencia ¿por qué? Un gran número de personas pueden prescindir de esta pregunta. Los conocimientos que les fueron dados sobre el mundo, les sirven, en el sentido pragmático, en mayor o menor medida, para solventar sus necesidades. Pero quienes hacen de la filosofía su quehacer no se conforman con lo dado, una inquietud inherente y perenne embriaga al filósofo. La inquietud de saber, de indagar, de investigar las razones, el porqué de las cosas.
Un filósofo debe argumentar. Un filósofo no puede evitar argumentar. Este principio sólo une los anteriores: si el filósofo es coherente con su forma de pensar, y ésta consiste en buscar razones, entonces construirá su diálogo a través de ellas, prácticamente de manera independiente a si dichas razones le son pedidas o no, pues no se apacigua nunca ante la falta de explicaciones.
Un filósofo debe de aceptar las consecuencias de su reflexión. Si luego de meditar y analizar sus propias razones, el filósofo encuentra como conclusión inevitable, argumentos contrarios a sus propias tesis iniciales, debe aceptar, sin que esto evite ulteriores cuestionamientos, que inicialmente estaba equivocado.
Aunque estos apuntes me parecen propios del terreno del sentido común (del filósofo) me parece importante reafirmarlos. Pues en los años que he vivido inmerso en el ámbito de la filosofía como quehacer, no han faltado nunca ejemplos que contradicen por completo la idea. Ejemplos que se sostienen, en el mejor de los casos, en principios que considero totalmente erróneos sobre lo que la filosofía es. De tales aberraciones podría desprenderse una caracterización definitiva sobre lo que la filosofía, justamente no es. Aquí algunas de ellas:
La filosofía es una actividad de orden superior. Este principio pudo surgir de la razón como la característica más elevada del hombre. O la más distintiva. O justo lo que nos hace hombres. Pero trabajar con esa idea, tenerla como herramienta fundamental de la filosofía, no hace que la filosofía sea en sí misma superior. La razón legitima la filosofía, no al revés. Es decir, la razón es la que ennoblece nuestra actividad, no es la filosofía la que ennoblece a la razón. El oficio del filósofo no es en sí mismo superior al de los sastres o los panaderos. Un filósofo no es superior a otro hombre sólo por ser filósofo. Hay hombres superiores en otros ámbitos (sea desde cambiar una llanta o hacer vino), y así como los mejores mecánicos se distinguen de los otros por elaborar con eficacia su trabajo, un filósofo que trabaja más comprometida y eficazmente con su razón es superior a los otros hombres que trabajan en el ámbito. Pero nunca mejor, digamos, ontológicamente al resto de los seres humanos.
La filosofía es una labor terapia o una medicina para el espíritu. Este principio es también erróneo. Es común la creencia de que es posible que la filosofía ayude a alguien a tener una vida más equilibrada digamos psicológicamente, pero tal cosa se da sólo a partir de una actividad eminentemente racional. Asumir las implicaciones de una vida racional es asumir la capacidad de autocrítica y con ello la posibilidad de acrecentar la habilidad de resolver problemas. Pero ellos no se solucionan con la lectura de otros filósofos. La filosofía en sí misma no le soluciona nada a nadie. Es el compromiso racional que se ejerce dentro del oficio el que permite encontrar respuestas. O incluso nuevas preguntas que den luces sobre nuestros problemas. Las personas que viven atormentadas por complejos o miedos no encontrarán en la literatura filosófica una solución, a menos que hagan propios los conceptos emanados de ella y, sólo a partir de esa asunción, enfrenten tales debilidades.
La filosofía es un ejercicio de autoridad. Este principio aberrante parte del malentendido sobre el uso que debe darse al trabajo de los filósofos precedentes. Citar a un autor, referirse a él, o recitarlo sin miramiento alguno, debe ser más que un acto de soberbia o engrandecimiento, un acto de humildad. La humildad engrandece al filósofo cuando entiende que reflexiones anteriores le permiten fundamentar mejor sus razonamientos, decir de mejor manera aquello que quiere transmitir, o mostrar otros casos análogos o antitéticos sobre sus propios pensamientos. Una cita a otro filósofo debe estar acompañada del genuino ejercicio de haber intentado comprenderlo. Referirse a otros filósofos o trabajos anteriores debe ser un medio para construir de mejor manera el pensamiento propio. De otra forma se hace historiografía de la filosofía. Esto es propio de las enciclopedias, no de los filósofos.
La filosofía sirve para ganar discusiones o imponerse a los otros. Tal vez el más aberrante de este catálogo. La filosofía, siendo un ejercicio racional, no debe estar encaminada a la sublimación de las pasiones “no racionales” (valga la expresión, pero entiendo que el contenido del trabajo la explicará). Una discusión es productiva sólo en tanto se puedan perfilar argumentos más acabados sobre una reflexión. La discusión debe estar encaminada no a ser ganada, sino a encontrar razones más poderosas para legitimar un discurso. Una discusión debe conducirse por el camino de los argumentos racionales, para que sean éstos, sean del lado que sean, los que terminen brillando de manera autónoma. Lo menos importantes es quién tiene las mejores razones. Lo más importantes es encontrarlas.
Los filósofos son inteligentes. Puede que sea una condición necesaria, pero no suficiente. La condición primordial es la racionalidad, no la inteligencia. Es decir, se acerca más a la filosofía un ser humano racional que un ser humano inteligente. La inteligencia no está ligada necesariamente a la racionalidad como ejercicio intelectual. Personas brillantísimas destacan, por su inteligencia, en ámbitos que no son propiamente racionales (como encontrar la manera de despertar emociones en otras personas): desde los más nobles, como el arte; hasta los más viles, como dañar a otros humanos.
Entonces, ¿Qué es la filosofía?
Un ejercicio eminentemente racional, que busca encontrar conceptos que clarifiquen otros conceptos sobre todo lo que se da en el mundo. Racional, porque no quiere demostrar nada a través de la pragmática, sino que pretende que la pragmática refleje efectivamente sus intelecciones. Entiendo la racionalidad filosófica como una conciencia de la racionalidad, todos los seres humanos poseemos racionalidad, pero el trabajar con la racionalidad, el ser conciente de sus capacidades, distingue al filósofo de otros seres humanos. Entendida así la racionalidad, un filósofo debe poseer las siguientes características: ser analítico, porque busca distinguir sin separar los componentes de un fenómeno, sin aceptarlo dogmáticamente, tal como le fue dado. Tener un pensamiento estructurado, lógico y coherente, para que las razones de su discurso se fortalezcan las unas a las otras y se encaminen todas a una explicación superior a los argumentos aislados.
La filosofía es un ejercicio racional y argumentativo, que busca construir sus razones a partir de otras razones que se entrelazan y construyen un discurso, estas razones parten de la observación y se alejan de las suposiciones no fundamentadas. Argumentativo, porque se distancia de cualquier teoría que pretenda partir de una suposición a priori, o que no necesite o acepte explicaciones, a saber, los dogmas. Un ejercicio racional, argumentativo y ordenado, porque busca que sus razonamientos sean comprensibles para otros, ya que esta comprensión le permitirá el intercambio de ideas, lo que a su vez le ayuda a refinar sus términos. Ordenado, porque el caos siempre puede prescindir de las razones.
¿De qué se puede hacer filosofía? Si la herramienta del filósofo es la racionalidad puede mirar y analizar por y a través de ella cualquier fenómeno del mundo, escudriñándolo a través de sus términos: no hay temas exiliados de la filosofía, el filósofo puede, sin duda, y legítimamente, preguntarse y crear discursos coherentes sobre el amor y el odio, la ciencia y la fe, el arte y la economía, la riqueza y la pobreza, las ideas y las pasiones, los miedos y las angustias, la propia racionalidad e incluso, sobre la irracionalidad.
¿A quién se le puede llamar filósofo? Antes que nada, ser filósofo no es un título nobiliario, no es un rango que se alcance a través de los estudios ni lo otorgue ninguna institución. Habrá filósofos más brillantes que otros, los habrá más influyentes y decisivos para el curso de lo que llamamos en particular filosofía, y en general, para el conocimiento humano. Pero un matemático se asume como tal, aun a sabiendas de que la mayoría de ellos no llegarán a los niveles geniales de Gödel o Russell, pero el prejuicio de que el término “filósofo” está destinado para unos cuantos, a veces parece, más que un ejercicio de humildad, una excusa para no comprometerse. Un filósofo, necesita, primordialmente, tener ciertas actitudes constantes ante la vida: la necesidad ineludible de cuestionarse, el hambre permanente de conocer, la inquietud que no cesa, el asombro perenne, la originalidad constante. La racionalidad como una forma de vida. En el ámbito profesional de quienes estudiamos filosofía, existe un prurito constante ante la denominación, si las características citadas se reúnen no existe razón alguna para huir del término. ¿Es a este hombre al que se le puede llamar filósofo? Es irrelevante. Sólo debe ser llamado filósofo aquél que esté ineluctablemente comprometido con la filosofía.
¿A quién se le puede llamar filósofo? Antes que nada, ser filósofo no es un título nobiliario, no es un rango que se alcance a través de los estudios ni lo otorgue ninguna institución. Habrá filósofos más brillantes que otros, los habrá más influyentes y decisivos para el curso de lo que llamamos en particular filosofía, y en general, para el conocimiento humano. Pero un matemático se asume como tal, aun a sabiendas de que la mayoría de ellos no llegarán a los niveles geniales de Gödel o Russell, pero el prejuicio de que el término “filósofo” está destinado para unos cuantos, a veces parece, más que un ejercicio de humildad, una excusa para no comprometerse. Un filósofo, necesita, primordialmente, tener ciertas actitudes constantes ante la vida: la necesidad ineludible de cuestionarse, el hambre permanente de conocer, la inquietud que no cesa, el asombro perenne, la originalidad constante. La racionalidad como una forma de vida. En el ámbito profesional de quienes estudiamos filosofía, existe un prurito constante ante la denominación, si las características citadas se reúnen no existe razón alguna para huir del término. ¿Es a este hombre al que se le puede llamar filósofo? Es irrelevante. Sólo debe ser llamado filósofo aquél que esté ineluctablemente comprometido con la filosofía.
